El cultivo del maíz se ha convertido en los años recientes en el más importante en Sinaloa, sustituyendo a especies tradicionales del ciclo otoño-invierno. Su potencial de rendimiento ha crecido exponencialmente, al pasar de 7-8 toneladas por hectárea a finales de la década de los 80 hasta 12-13 en los noventas y 14-16 en la década actual, con una expectativa de hasta 20 toneladas, como los maíces de alta tecnología de la zona maicera de Estados Unidos.

La combinación de factores como híbridos más productivos, fecha y método de siembra, sumado al eficiente manejo del agua y la fertilización, hacen suponer que el maíz tiene todavía mucho potencial por explotar.

Sin embargo, el potencial productivo óptimo puede verse ocasionalmente limitado por condiciones adversas de clima, tanto por bajas temperaturas como exceso de lluvias en diciembre y enero

En el caso particular del Norte de Sinaloa, donde la fecha óptima para el máximo rendimiento es el mes de noviembre, se enfrenta el factor de riesgo de bajas temperaturas de finales de diciembre y casi todo el mes de enero, fenómeno que en los años recientes ha provocado pérdidas totales de cultivo en miles de hectáreas y daños en planta que limitan la producción de manera variable.

Por esta razón, además de la preocupación del agricultor por alcanzar los máximos rendimientos mediante un óptimo manejo, debe adoptarse el principio de la prevención, mediante prácticas agronómicas.

Una de ellas es el sistema de labranza y el manejo de los residuos de cosecha que de acuerdo a investigaciones realizadas en diversas partes del mundo, influye de manera decisiva en la estabilidad de la temperatura del suelo y su capacidad para regular la humedad, tanto en los excesos por precipitaciones pluviales, como en condiciones de estrés hídrico por bajas láminas de riego y el espaciamiento entre las aplicaciones del riego rodado, derivado de condiciones de sequía, como las resentidas en el Valle del Fuerte durante los dos ciclos recientes.

La energía del suelo

Todos estamos de acuerdo en que la principal fuente de energía es el sol. De la radiación solar dependen los procesos fotosintéticos de la planta y en consecuencia, la capacidad de ésta para asimilar los nutrientes en el suelo, y en consecuencia su vigor y tolerancia tanto a agentes dañinos como a condiciones adversas de clima.

De acuerdo con expertos, durante el día, el suelo recibe una aportación de energía directamente proporcional a la cantidad e intensidad de calor que tenga contacto con el suelo.

Si el suelo está desnudo, esa energía puede penetrar directamente una profundidad de 10 hasta 45 centímetros, misma que junto con los nutientes en suelo, propician el desarrollo más rápido o más lento de las plantas.

Por la noche ocurre lo contrario al dia, el suelo se va enfriando y libera la energía captada por la influencia de la luz solar en una relación directamente proporcional a la cantidad de rastrojo o residuos de cosecha sobre el suelo, ya que éstos actúan como una capa de protección o aislante que regula, tanto la entrada de calor como su liberación, dando más estabilidad a la temperatura del suelo.

Esto explica el porqué durante el verano las plantas puede desarrollar más rápido que en el invierno y también el hecho de que en aquellos terrenos cubiertos por rastrojos o residuos de cosecha, como efecto del sistema de labranza, el crecimiento sea más estable y sostenido.

La absorción y liberación de energía por parte del suelo durante el invierno, tiene un especial impacto sobre la seguridad de la plantación, desde el punto de vista del efecto de las bajas temperaturas.

Aun cuando el clima frío en el rango de 0 a 3 grados a una altura de 50 centímetros del suelo puede afectar a casi todos los cultivos al dañar principalmente el follaje, se ha podido demostrar que si el suelo cuenta con una cubierta vegetal sobre el surco que reduzca la liberación de energía durante la noche, es probable que la planta conserve una temperatura más alta que le ayude a soportar el impacto de una helada.

De esta manera, un cultivo de maíz, manejado bajo el sistema de labranza reducida, pero especialmente en aquellos donde el rastrojo se mantiene sobre la superficie del suelo, puede tolerar mejor el efecto de una baja temperatura.

El factor humedad

Una situación similar ocurre en el cultivo con el agua aportada por el riego rodado o por la lluvia.

Cuando el riego se proporciona sobre el suelo desnudo, es más probable que la evapotranspiración induzca una pérdida más rápida de humedad, especialmente en las etapas iniciales del cultivo, cuando el follaje no alcanza a cubrir totalmente la superficie de suelo, etapa en la que además permite una mayor velocidad del viento sobre la superficie del suelo que acelera la pérdida de humedad, en especial cuando la orientación de los surcos es a favor de la dirección del viento.

Aun cuando ésta última pérdida de humedad sea imperceptible a simple vista, comparada con la orientación del surco perpendicular a la dirección del viento, debería favorecer una mejor conservación de la humedad.

Por otro lado, con el agua de la lluvia ocurre un fenómeno muy especial.

El tamaño de la gota de lluvia es muchísimas veces mayor que las partículas del suelo por lo que el impacto que recibe cada partícula es un auténtico cañonazo que compacta la superficie del suelo desnudo e impide o retraza su infiltración, haciendo que el agua escurra primero, antes que infiltrarse.

Igual que el calor y la energía aportadas por el sol, el agua tenderá a evaporarse más rápidamente si el suelo está desnudo.

Por el contrario, al existir una capa de protección vegetal sobre el fondo del surco producto de esquilmos o rastrojo, el suelo está protegido contra el impacto directo de las gotas de la lluvia y el escurrimiento del agua será mucho más lento, favoreciendo su infiltración.

Esa misma capa de rastrojo hará que el suelo conserve mejor la humedad y la temperatura, para beneficio de la planta.

Si comprendemos que la planta es también un ser vivo susceptible a las variaciones bruscas de temperatura, coincidiremos en que entre más térmica sea la superficie del suelo, el desarrollo de la planta será mucho mejor.

Elementos de productividad

Durante muchos años se ha sostenido que las plantas, al igual que el hombre, necesitan un espacio vital para desarrollarse.

Si en un mismo espacio conviven muchas plantas, tienen a un desarrollo raquítico, mientras que si el espacio es abundante ocurre lo contrario, aunque ésto último no signifique mayor rendimiento por la capacidad genética de cada planta.

En la agricultura, este criterio se aplica regularmente en la cantidad de plantas en un metro de surco, puesto que la mayoría de los implementos agrícolas y la propia maquinaria convencional requiere un piso mínimo de 70 a 90 centímetros entre hileras de plantas, lo que sumado a la cantidad optima por metro, da una población total de plantas por hectárea.

En maíz la mayoría de los híbridos aceptan poblaciones de 65 a 75 mil plantas por hectárea con separaciones de 80 hasta 90 centímetros.

La doble hilera como opción

Hace relativamente poco tiempo, en las diferentes zonas agrícolas de México donde se establece el maíz de alta productividad se empezó a evaluar el efecto de siembra de maíz a doble hilera, con separación entre hileras de 20 centímetros a ambos lados del lomo del surco y 60 centímetros de piso.

Con una colocación tipo “tres bolillo”, es decir, la plantas formando triángulos equidistantes, se ha logrado aumentar la cantidad de plantas por unidad de superficie, sin afectar el comportamiento de cada una, lo que de acuerdo a las primeras evaluaciones, puede representar un incremento en el rendimiento de 10 a 12% sobre el volumen de cosecha en las siembras del método tradicional de surcos sencillos a 80 centímetros con poblaciones de 5 a 6 plantas por metro.

Esto significa que si por efecto de una fertilización balanceada y el híbrido más apropiado, un productor ya obtenía 12 ó 13 toneladas por hectárea, podría agregar 1.5 toneladas más, tan solo por el cambio del método de siembra.

Fronteras personales

Durante muchos años, la investigación agrícola definió rendimientos topes esperados de cada uno de los cultivos extensivos y los denominó frontera agrícola, que viene siendo la diferencia entre el rendimiento comercial de una zona dada y el máximo probable, de acuerdo con el manejo óptimo experimental.

Ahora se habla de rentabilidad, más de que de producción, lo que equivale a decir que por cada peso invertido es justo obtener un porcentaje equis de utilidad, hasta un punto en que por más que se invierta, de todos modos la productividad no se mejorará.

El concepto es correcto desde el punto de vista de la agricultura comercial, pero la investigación oficial o privada no se pueden limitar auto imponiéndose barreras bajo el concepto de que un cultivo equis ya no da más. Por ello no es remoto pensar en maíces de 20 o más toneladas por hectárea, si se encuentran y aprovechan los factores en los que es posible maximizar la eficiencia de los insumos y los recursos naturales que cada agricultor dispone para practicar su actividad.

Por supuesto que la alta tecnología no debería estar divorciada de las prácticas encaminadas al mejor uso del suelo que además ayuden a disminuir los riesgos del clima adverso, especialmente heladas y lluvias.

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